Que me fascina la prosa de Manuel Vilas no es un secreto para nadie a estas alturas. Esta admiración viene de lejos, desde ese día en Lou Reed decidió hacerse español. Aún así, en Islandia, el autor vuelve a demostrar esa capacidad tan singular que posee para desnudarse por completo a través de la escritura, alcanzando una honestidad sin limites. Como a mí me gusta. 

Me topo con un Vilas distinto. Un Vilas que abandona en parte, solo en parte, el tono marcadamente reflexivo de sus últimas obras para adentrarse en un estilo nuevo, casi confesional. ¿Casi? 
Y no por ello pierde su esencia; esa profundidad que nos enamora sigue intacta, pero formulada desde un prisma mas visceral.

El verdadero acierto de este libro reside en la arquitectura de su voz narrativa: Vilas construye a un narrador deliberadamente poco fiable que fuerza al lector a transitar continuamente por un terreno movedizo.La frontera entre realidad y ficción se diluye constantemente, obligándonos a flotar en una ambigüedad donde resulta imposible distinguir entre verdad y artificio literario.

Y ahora él que para mí, y seguramente para nadie, ni siquiera para el propio autor, es el punto más fuerte de ésta novela: pese a que la narración se articula en una primera persona íntima, intimísima, por momentos se cierra en sí misma con tanto dolor que roza la segunda persona, lo que me ha hecho dar mil y una vueltas a esta curiosa forma de contar.

Y esto se sostiene porque Manuel Vilas es, ante todo, un escritor inteligente que tiñe su obra con ese humor socarrón tan característico, y que alivia, por suerte, la tensión del que lee sin restar peso a la obra.
Una lectura tan sencilla como compleja, pero como siempre, imprescindible.



 

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