Días de vino y prosas, maridaje literario - Palabras En Cadena
24.5.20


Vino Uno de Bodegas Enate DO Somontano


CATA (Link a vinos de Enate)


Aroma intenso y muy profundo de fruta roja fresca (arándanos, grosellas) sobre elegante sinfonía de aromas minerales, ahumados, especiados y fenólicos que recuerdan a la tinta china, chocolate, Vainilla, etc. Paladar pletórico de carnosidad, de gran volumen, muy serio. Un vino poderoso y elegante a la vez que se le augura un magnífico envejecimiento en botella.



IMPRESIONES DEL ELABORADOR

Vino de colección y con un innegable toque de exclusividad.


Libro: Ordesa de Manuel Vilas.

Aroma intenso y muy profundo de fruta roja, de tomate de la huerta que mordías sin lavar. De la mata a la boca. Aroma intenso de las moras que aún se recogían a las afueras de Barbastro.De las chucherías que comprabas en el kiosko del coso, sobre elegante sinfonía, porque Barbastro y su gente siempre olieron, y siguen oliendo, a elegancia. De aromas minerales, ahumados, espaciados y fenólicos de nuestras tradiciones arraigadas a las ruas. Huele a rondas y verbenas por los barrios, huele a torteta en las calles, huele a crespillos y a pastillode calabaza. Ordesa huele a vainilla bajo el helado de cocacola, Drácula, en las piscinas de la Cooperativa. Huele a Chocolatada. Huele a infancia.


Maridaje literario Ordesa
Manuel Vilas ha grabado con enorme pulso Barbastro en las rocas con tinta china. Su pluma se ha deslizado por vericuetos cerrados atravesando Europa. En Italia se preguntan qué fue de la infancia de Vilas en esa pequeña ciudad española. Oh la lá, Barbastro, me imagino que claman nuestro vecinos.

Y es que una lee Ordesa como si estuviese saboreando una copa de Uno, con esa sensación de gran volumen, de seriedad.
Manuel Vilas, en una confesión tardía, se desnuda ante nosotros, sus lectores. Se va despojando poco a poco de la culpa, del amor, del dolor hasta llegar al Barbastro que le vio nacer, que le vio crecer, evitando sentimentalismos baratos, sensiblerías innecesarias.

Ordesa escarba con el agua de sus palabras en la piel. Tatúa la aflicción del autor por la pérdida. Duele. Escozor de agua salada sobre cicatrices sin cerrar que se convierte en agua dulce que alivia con su magistral prosa. Zarpazo e ironía viajan de la mano. Dije en su día que Ordesa es Vilas pero soy yo, eres tú. Es su madre y sus hijos. Es mi padre y su SEAT 131.

El desgarro de la escritura hace un siete en el lector, que ahonda en ese valle de sorna y lágrimas, recordando la muerte, (recuerda lector que Ordesa soy yo, Ordesa eres tú), con una sonrisa y un caldo del Somontano que permanece en el paladar cuando cierras el libro. Taninos verbales.




La obra cumbre de Manuel Vilas es un gran reserva que debe permanecer en “barrica” para su maduración. Hay que beberlo despacio, saboreando. No se puede devorar. Hay que analizar, como en ese valle del que recibe su nombre, sus idas y venidas, sus grietas, sus brotes de agua que alivian tu camino, sus pliegues y sus fallas… Sus cascadas monumentales.

Quizá el autor pensaba en el Valle de Ordesa mientras nos mostraba sus terrores. Quizá las rocas del mismo sean para él su circunspección, su cautela, sus misterios interiores y el agua esa foto de sus padres en La Sociedad, la frescura de la infancia, el bautismo de lo que está por llegar.

Se me quedó por formular una pregunta y la próxima vez que le vea, le miraré a los ojos y le preguntaré: Manuel, ¿por qué Ordesa?


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