22.3.18



“Cuántas veces llegaba yo a mi casa, cuando tenía diecisiete años, y no me fijaba en la presencia de mi padre, no sabía si mi padre estaba en casa o no. Tenía muchas cosas que hacer, eso pensaba, cosas que no incluían la contemplación silenciosa de mi padre. Y ahora me arrepiento de no haber contemplado más la vida de mi padre. Mirar su vida, eso, simplemente.
Mirarle la vida a mi padre, eso debería haber hecho todos los días, mucho rato.”






“Años después de la foto del bar, encontró esposa y yo nací. Mi padre debía de conocer la razón de mi existencia, pues soy su hijo (sigo siendo su hijo aunque él no siga siendo un ser vivo), y se la llevó consigo al reino de los muertos. Los dos amábamos las montañas: esos pueblos perdidos del Pirineo oscense de una España atrasada e inhóspita, en donde la perdición de esos pueblos serenaba nuestra propia perdición. La nieve, las rocas altas, los árboles insaciables, el enigmático sol, los ríos de los valles, las montañas siempre en el mismo sitio, un silencio imperturbable, la indiferencia de la naturaleza, eso amábamos. Amábamos la inmovilidad de las montañas. Su «estar allí». Las montañas no son, están. También nuestra vida fue estar. La existencia de mi padre fue una reivindicación del «estar» por encima del «ser».”






“Llevo mucho tiempo sin beber.
En España, la ayuda que recibe un exalcohólico es facilitarle que vuelva a beber. Yo creo que en España no existe el perdón de los pecados.
De ahí que al final nadie pueda salir del alcohol en España, de ahí la expectación que despierta un exalcohólico español: a ver cuándo cae, a ver cuándo vuelve a beber.
Dará gusto verlo caer otra vez.
Ya de esta última no se levantará.
Y aplaudiremos. Y diremos: «Se veía venir».
Ese es el misterio de España por el que se preguntan los historiadores y se preguntan los hombres de buena voluntad y se preguntan los escritores inteligentes y se preguntan los intelectuales honestos: ver caer a la gente, eso nos pone a mil.
No somos buena gente entre nosotros. Cuando salimos fuera parecemos buena gente, pero entre nosotros nos acuchillamos. Es como un atavismo: el español quiere que mueran todos los españoles para quedarse solo en la península ibérica, para poder ir a Madrid y que no haya nadie, para poder ir a Sevilla y que no haya nadie, para poder ir a Barcelona y que no haya nadie.
Y yo lo entiendo, porque soy de aquí.





Te hiciste viejo en un laberinto español idéntico al laberinto español en donde yo me hago viejo. Los valores son los mismos. A lo que cabe añadir algo que había en tu carácter y que pasó al mío, algo parecido a una timidez desalentadora a la hora de lograr un sitio en el mundo, a la hora de decir: «Aquí estoy yo».
El año de 1980 es idéntico al año de 2015.
Todo el mundo quiere triunfar, es lo mismo. El éxito y el dinero, es lo mismo. Tú, al final, te dedicaste a ver la televisión. Yo me dedico a navegar por internet, que es lo mismo.
Evoluciona tecnológicamente nuestra manera de dormir o de morir.
Ni tú ni yo tuvimos acceso a la felicidad, había y hay algo que hace que todo se tuerza; ahora bien, esa inaccesibilidad procedió y procede de una forma de simpatía con el mundo, con todos los pobres y desdichados de la tierra. Por eso no pudimos, no puedo ser feliz. Faltaríamos a la cortesía general con todas las desgracias habidas en este planeta y en el universo.
¿Te has fijado, papá, en la inmensa ruina del universo, en esa soledad del taqmaño de los muertos humanos y esa luz en que te has convertido?

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